Carta a la iglesia de Éfeso


1Al ángel de la iglesia de Éfeso escríbele: "Esto dice el que tiene las siete estrellas en la mano derecha, el que anda por en medio de los siete candelabros de oro. 2Conozco tus obras, tu fatiga y tu constancia; que no puedes soportar a los malvados y que has puesto a prueba a los que se dicen apóstoles y no lo son, y los encontraste mentirosos; 3que tienes paciencia y has sufrido por mi nombre, sin desfallecer. 4Pero tengo contra ti que has perdido la caridad que tenías al principio. 5Recuerda, por tanto, de dónde has caído, arrepiéntete, y practica las obras de antes. De lo contrario, iré a donde estás tú y desplazaré tu candelabro de su sitio, a no ser que te conviertas. 6Sin embargo, tienes esto en tu favor: aborreces las obras de los nicolaítas, que yo también aborrezco". 7El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu Santo dice a las iglesias. Al que venza le daré a comer del árbol de la vida que está en el paraíso de Dios. (Apocalipsis 2, 1-7).

2,1   Al ángel de la iglesia de Éfeso escríbele

En la primera carta dice: "Conozco tu trabajo, tus obras y tu paciencia" -sé que trabajas, que realizas obras buenas y que eres paciente: no creas que estoy lejos de ti- y "sé que no puedes soportar a los malvados y que descubriste que son unos mentirosos aquellos que se llaman a sí mismos apóstoles, y que tienes paciencia por mi nombre". Todo esto respecta a la alabanza, una alabanza no pequeña. Pero estos varones, este grupo, estos hombres elegidos, conviene de todas maneras que sean amonestados, para que no se les defraude en los bienes a ellos debidos. Pocas cosas dijo tener en contra de ellos: "Has perdido -dice- tu amor primero: recuerda de dónde has caído". Quien cae, cae de lo alto y, por eso, dice: "de dónde", porque las obras de amor se han de practicar absolutamente hasta el final, ya que éste es el mandamiento principal. Finalmente, por si no se cumple, amenazó "con mover el candelabro de su lugar", es decir, dispersar al pueblo. El hecho de que odie las obras de los nicolaítas, porque él mismo también las detestaba, constituye una alabanza. Las "obras de los nicolaítas" son éstas: antes de aquel tiempo, hombres perturbadores y perniciosos con el nombre de ministros de Nicolás, se inventaron la herejía de exorcizar lo que había sido sacrificado a los ídolos, para que pudiera comerse, y que cualquiera que hubiese fornicado, recibiera la paz al día octavo. Por eso, alaba a los que escribió, a quienes, por ser tales y tan grandes varones, les prometió el árbol de la vida "que está en el paraíso de su Dios". Victorino de Petovio, Comentario al Apocalipsis, 2, 1.

La persona espiritual puede dirigirse incluso a los ángeles. Encontrarás en muchos pasajes, especialmente en los Salmos, ejemplos en los que las palabras son dirigidas a los ángeles en persona. El hombre, al menos el que posee al Espíritu Santo, ha recibido la capacidad de dirigirse a los mismos ángeles. Te citaré un ejemplo, para que veas cómo los ángeles mismos pueden ser instruidos mediante las palabras humanas. En el Apocalipsis de Juan está escrito: "Al ángel de la iglesia de Éfeso escríbele: Tengo algo que objetarte". E igualmente: "Escribe al ángel de la iglesia de Pérgamo: "Tengo algo contra ti". Ahora bien, es un hombre quien escribe a los ángeles para hacerles saber un mensaje. Orígenes, Homilías sobre el Ev. de Lucas, 23, 7.

El ángel es la Iglesia. Él habla traslaticiamente al "ángel de la iglesia de Éfeso" como si fuese la iglesia de Éfeso. En efecto, no fue un ángel guardián de la iglesia de Éfeso el que pecó, de modo que se le pueda decir "conviértete". Él es santo, y por esta razón está en la mano derecha del Señor, dando así prueba de la pureza de su naturaleza y de su luz resplandeciente. Para quien conversa con el evangelista, ¿qué necesidad habría de decir "escríbele"? El divino ángel estaba presente y oía cuanto se decía, puesto que estaba a la derecha de quien habla. Y cuando finalmente el santo explica la visión que había visto, dice: "Quien tenga oídos que oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias". Así pues, no habló a los ángeles de las iglesias, sino a las iglesias. De la misma forma, cuando encuentres "escribe" estas cosas "al ángel" de esta "iglesia", debes entender que se dice estas palabras no del ángel, sino de las iglesias. Ecumenio, Comentario sobre el Apocalipsis, 2, 3

Toda la Iglesia es suceptible de alabanza y reproche. Conforme a la calidad de su nombre, increpa o alaba a parte de esta iglesia. En efecto, "Éfeso" puede ser interpretado como "gran caída" o "mi voluntad en ella"... Lo que escribe a cada una, indica lo que dice a todas las iglesias. Ciertamente no era sólo la iglesia de los efesios, pues no hacían penitencia, la que debía ser removida de su lugar, o únicamente era la de Pérgamo el trono de Satanás, y no siempre. Lo mismo que cada una de las demás iglesias, todas eran parte de la Iglesia universal... El "árbol de la vida" es Cristo, por cuya visión se alimentan las almas santas del paraíso del cielo como en el cuerpo actual de la Iglesia. Beda, Explicación al Apocalipsis, 2, 1, 7.

2, 2   Has puesto a prueba a los que se dicen apóstoles

Es necesario poner a prueba a quienes predican. Y dice: "No pudiste soportar a los malvados", porque has adquirido la costumbre de odiar el mal. Y has tentado a los que se llaman a sí mismos apóstoles y no lo son, y los encontraste mentirosos. Los de Éfeso cumplían el divino mandato: "No creer a cualquer espíritu, sino discernir los espíritus, si son de Dios". Por esta razón habían tentado a los que predicaban el Evangelio entre ellos y, al tentarles, encontraron algunos pseudoapóstoles que transmitían enseñanzas falsas. Se refiere a los de Cerinto, que eran contemporáneos con el Evangelista, y eran predicadores de doctrinas profanas. Ecumenio, Comentario sobre el Apocalipsis, 2, 3.

2, 4a   Pero tengo esto contra ti

Dios quiere perdonar al arrepentido. Has ofendido [a Dios], pero todavía puedes reconciliarte con Él; tienes a alguien que pueda aceptar una satisfacción, que además la desea. Si dudas, lee lo que el Espíritu dice a la iglesias. Recrimina a los efesios el haber abandonado el primer amor; reprocha a los de Tiatira haber caído en la fornicación y haber comido alimentos consagrados a los ídolos; acusa a los de Sardes de no tener más que obras imperfectas; imputa a los de Pérgamo el haber enseñado doctrinas perversas; y grita contra los de Laodicea por poner su confianza en las riquezas, y por todo ello les advierte que tienen que hacer penitencia, recurriendo a las amenazas, es verdad; pero no amenazaría si no se pudiera hacer penitencia, y perdona al que hace penitencia. Tertuliano, Sobre la penitencia, 7, 14-8, 1.

2, 4b   Has perdido la caridad que tenías al principio

La llamada al arrepentimiento constituye una promesa de perdón para el penitente. Me extraña que algunos estén obstinados en creer que no han de conceder la penitencia a los lapsos, o juzguen que han de denegarles el perdón, estando escrito: "Acuérdate de dónde has caído y haz penitencia y practica las obras de antes". Esto va dicho ciertamente a aquel de quien consta que ha caído, y a quien exhorta a levantarse por medio de sus obras, porque está escrito: "La limosna libra de la muerte", y por cierto no de aquella muerte que una vez extinguió la sangre de Cristo y de la cual me libró la gracia salvadora del bautismo y de nuestro Redentor, sino la que sobrevino por nuestros pecados posteriores. También en otro lugar se concede tiempo de penitencia, y el Señor amenaza al que no se arrepiente: "Tengo -dice- contra ti muchas quejas, que permites enseñar y seducir a mis siervos a tu mujer Jezabel, que se dice profetisa, y a fornicar y a comer de lo sacrificado a los ídolos; y le he concedido tiempo para que cambie de conducta, y no quiere cambiar de conducta de su meretricio. Mira, voy a arrojarla en un lecho, y a los que adulteran con ella, en una gran aflicción, si no cambian de conducta en sus obras. Ciertamente que no exhortaría a la penitencia el Señor, sino porque promete perdón a los que se arrepineten. Cipriano, Cartas, 55, 22, 1-2.

Al arrepentimiento han de acompañarle obras que lo manifiesten. Al querer recordarnos las ocasiones en que hemos caído en el mal, nos amonesta para que no caigamos de nuevo. Y para purgar los vicios en los que incurrimos, muestra el camino para llegar al perdón, diciendo: "Arrepiéntete", es decir, limpia con lágrimas tus pecados. De esta manera, aquella pecadora, figura de la Iglesia, regó con sus lágrimas los pies de Cristo y los secó con sus cabellos. Persuade y aconseja también qué se debe hacer después de la penitencia: vuelve a tu conducta primera, o a aquellas cosas que habías proyectado en el fervor de la primera conversión. Apringio de Beja, Tratado sobre el Apocalipsis, 2, 5. 

2, 5   Desplazaré tu candelabro de su sitio

Dios pasa de la paciencia al castigo. "Yo vendré a ti" no implica movimiento que implique cambio de posición, pues Dios llena todas las cosas, sino que indica un cambio, como así fue, de su paciencia hacia el castigo. Con remover el candelabro, esto es, la Iglesia, se refiere a su abandono, de lo que se sigue que los pecadores se ven envueltos en toda clase de temor y agitación, como también dice: "Se conmueven en la tristeza mis ojos", y "se turbó mi corazón dentro de mí". Ecumenio, Comentario sobre el Apocalipsis, 2, 3.

El candelabro es desplazado, no retirado. Observad que no dice "retiraré" sino "desplazaré", porque el candelabro representa al único pueblo cristiano, y él dice que removerá este candelabro, no que lo retirará. Con ello da a entender que en la sola y única Iglesia, los malos son removidos y los buenos confirmados; y es que por el juicio de Dios, secreto pero sin embargo justo, lo que es quitado a los malos se les dará a los buenos, para que se cumpla lo que está escrito: "A todo el que tiene se le dará, pero al que no tiene se le quitará lo que parece tener". Cesáreo de Arlés, Exposición sobre el Apocalipsis, 2, 5, Hom, 2.

2, 6   Las obras de los nicolaítas

El desenfreno nicolaíta no es fiel al Nicolás apóstolico. Así también los que se llaman seguidores de Nicolás aducen, como nota peculiar suya, pero desviada en el sentido, la setencia "es necesario abusar de la carne". Pero aquél, hombre noble, enseñaba que es necesario reprimir los placeres y las concupiscencias y exterminar, con esta ascesis, los apetitos y los impulsos de la carne. Ellos, por el contrario, se abandonan al placer como machos cabríos; violentos, por así decir, contra su cuerpo, viven disolutamente; no saben que el cuerpo se descompone, porque es naturaleza caduca, mientra que su alma es hundida en un fango de vicio, puesto que ésos siguen los dictámenes del puro placer, no los de aquel hombre apóstolico. Clemente de Alejandría, Stromata, 2, 118, 3-5.

La herejía debilita a la Iglesia. Nicolaíta quiere decir "efusión" o "la necedad de la iglesia que languidece", lo cual sabemos que se dijo no sin razón de los herejes, que, derramados del cántaro de la verdad, se arrojaron al limo de la mentira. De este derramamiento se escribe en la Ley: "Se derramó como el agua, no te desbordes". Es claramente también la necedad de la Iglesia que languidece el dogma perverso de los herejes, porque no ofrecen curación para la salud del pueblo, sino que inficionan a los pueblos con las peores enfermedades, diciendo tonterías de Dios y preocupándose de opiniones estúpidas; de ellos está escrito: "Han curado el quebranto de mi pueblo a la ligera diciendo: paz, paz, cuando no había paz". Apringio de Beja, Tratado sobre el Apocalipsis, 2, 6.

2, 7a   Oiga lo que el Espíritu dice

Que el obediente escuche. Quien tiene oído, esto es, quien es obediente y sumiso a las leyes divinas, "oiga lo que dice el Espíritu a las Iglesias". Dice "el Espíritu", o bien porque las cosas del Apocalipsis son operadas por el Espíritu, o bien porque llama "Espíritu" a Cristo, que de hecho es Dios y así es reconocido, como también es llamado "Hijo del hombre" y de hecho es hombre y es reconocido como hombre. Pues la Divinidad es llamada toda ella espíritu, como dijo el mismo Jesús a la samaritana cuando hablaba con ella: "Dios es Espíritu, y los que le adoran deben adorarle en Espíritu y verdad". Ecumenio, Comentario sobre el Apocalipsis, 2, 3. 

2, 7b   Al que venza le daré a comer el árbol de la vida

Dios establece el premio del mártir. La persecución puede ser entendida también como un combate. ¿Quién convoca a un combate, sino el que otorga la corona y los premios? El edicto que convoca al combate lo lees en el Apocalipsis: con qué premios invita a la victoria, concedida a quienes de verdad vencieron en la persecución, a los que lucharon no contra la carne y la sangre, sino contra los espíritus malignos. Así reconocerás que el juicio del combate pertenece al mismo "agonoteta", que invita al premio. Todo cuanto tiene lugar en la persecución es gloria de Dios: Él es quien prueba y reprueba, quien impone y depone. Por otro lado, lo que pertenece a la gloria de Dios, sin duda proviene de su voluntad. Pero, ¿cuándo se cree más en Dios? Cuando más se le teme, es decir, en tiempos de persecución. Tertuliano, La huida en tiempo de persecución, 1, 5.

El fruto del árbol de la vida se recibe por medio del Evangelio. Aquel árbol de la vida que en el paraíso florecía en otro tiempo, ha brotado de nuevo lozano y bello en la Iglesia, produciendo el fruto maduro de la fe. Este fruto tenemos que llevarlo nosotros el primer día de aquella gran solemnidad, al acercarnos al tribunal de Cristo, y el que no lo llevare no podrá alegrarse con Cristo ni tomar parte, testigo es Juan, en la resurrección primera. Porque el árbol de la vida es la Sabiduría, primogénita de todas las cosas: "Árbol de la vida es -dice el Sabio- para quien lo consigue; y ofrece auxilio a quienes se apoyan sobre él como sobre el Señor". "Es un árbol plantado a la vera del arroyo, que a su tiempo da sus frutos"; es la doctrina, la caridad y la prudencia distribuidas en tiempo oportuno a los que se acercan a las aguas de la redención. Los que no creen en Cristo, los que no confiesan que es el principio y el árbol de la vida, ésos no ofrecen a Dios sus tiendas de campaña adornadas con frutos maduros, y siendo así, ¿cómo van a regocijarse en la gran solemnidad? ¿Quieres saber cuál es el fruto maduro del árbol? Escucha las palabras de nuestro Señor Jesucristo, que exceden en bondad y belleza a todos los hijos de los hombres. Fruto maduro nos dio Moisés al darnos la Ley, más no tan maduro como el Evangelio. Porque la Ley no era más que una sombra y figura de las cosas futuras, mientras que el Evangelio es la verdad y la realidad de la vida. Fruto maduro era asimismo el de los profetas, mas no tanto como aquél, que nos preserva de la corrupción y nos da vida inmortal. Metodio, El banquete, 9, 3. 

En la Iglesia nos alimentamos de Cristo. "Al que venza le daré a comer el árbol de la vida -es decir, del fruto de la cruz-, que está en el paraíso de mi Dios". También el "paraíso" puede significar la Iglesia, "pues todas las cosas fueron hechas en figura" y "Adán es sombra del que habría de venir", como enseña el apóstol [Pablo]. En realidad, el árbol de la vida es la Sabiduría de Dios, el Señor Jesucristo, que colgó de una cruz y quien también en la Iglesia y en el paraíso espiritual da a los fieles el alimento de la vida y el sacramento del pan celestial, sobre el cual puedes leer: "La sabiduría es el árbol de la vida para quienes la abrazan". Ticonio, Comentario al Apocalipsis, 2, 7. 

Cristo es la Sabiduría y la vida eterna. Todo hombre tiene un oído de carne, pero el oído espiritual solamente lo posee el hombre espiritual, el oído que se le concedió a Isaías. A semejante vencedor en la guerra contra los demonios se le promete darle a comer "el árbol de la vida", es decir, tener parte en los bienes de la vida futura, siendo significada figuradamente la vida futura por medio del árbol. Cristo es ambas cosas, como dice Salomón y también el Apóstol en otro pasaje. Uno dice de la sabiduría: "Es el árbol de la vida", y el otro afirma lo mismo acerca de Cristo: "Él es Dios y la Vida Eterna". Así pues, si nos permite alcanzar aquellas cosas, conseguiremos la victoria por nuestros padecimientos. Efectivamente, a las penalidades les seguirán, sin duda alguna, las recompensas, por la gracia y la bondad de nuestro Señor Jesucristo, para el cual sea la gloria junto al Padre y al Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén. Andrés de Cesárea, Comentario al Apocalipsis 2, 7.

La Biblia comentada
por los Padres de la Iglesia
Nuevo Testamento, Vol. 12,  p. 61-68
Director de la edición en castellano
Marcelo Merino Rodríguez

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